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El amor sano no daña, y el dolor no es prueba de devoción
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 15/08/2026 22:55
COLUMNA: LA ARENGA DEL DÍA / NÉSTOR ROMERO MENDOZA
Ilustración de Pixers.

Decía un amigo que “el amor es como un fantasma bienhechor que todo lo cura. Pero el amor solo no alcanza”. Le pedimos demasiado a esa sola palabra; le cargamos tantos bultos ajenos que terminamos por ahogarla bajo el peso de las debilidades propias.

Cuando te enamoras, la cabeza te juega trampas. No es que veas lo que no existe —eso sería una alucinación, tener visiones donde solo hay aire vacío-. Lo que te pasa en ese inicio apasionado es técnicamente una ilusión: un trastorno de la percepción donde miras al otro y lo transformas, viéndolo mejor, más dulce y comprensivo de lo que realmente es. Pero cuando el polvo del camino se asienta y la venda cae, es ahí cuando aquel carácter que al principio te parecía templado y firme se revela como un trato hosco. En ese momento de desilusión empieza el verdadero desafío: ver si entre las ruinas de lo que creías ver se puede construir algo nuevo, un amor de verdad.

A veces elegimos amar desde el inconsciente, que es como una máquina sorda de repetir dolores antiguos. Si de niños nos criamos bajo la sombra de unos padres indiferentes que hacían su vida dejándonos de lado, de grandes buscaremos, sin saberlo, a personas que nos traten con ese mismo frío desinterés. Tropezamos una y otra vez con la misma piedra porque confundimos ese rasgo patológico con el amor. Una relación deja de ser pareja cuando se pierde la igualdad. Ocurre cuando uno solo de los dos camina encorvado bajo el peso de amoldarse, perdonar y sacrificarse por sostener el puente, mientras el otro descansa cómodamente al otro extremo sin mover un dedo. El amor asimétrico es una condena al cansancio y al desprecio. Por eso, a quienes creen que amar justifica cualquier maltrato o castigo, hay que preguntarles con el alma firme: ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? El amor sano no daña, y el dolor no es prueba de devoción.

Decía Sócrates que uno ama lo que le hace falta, y cuando al fin lo tiene entre las manos, el amor huye porque ya no hay carencia. Schopenhauer lo miraba de un modo más crudo: decía que nos la pasamos oscilando entre la angustia de no tener y el aburrimiento de haber conseguido. Quizá amar no es tropezarse con un milagro llovido del cielo y más bien sea un trabajo de labranza.

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