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“Deseo” (2026), dirigida por Teresa Simone, disponible en Netflix y protagonizada por Ludwika Paleta, José María Yazpik y Óscar Casas
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 06/09/2026 22:27
SIN FILTRO: COLUMNA SOBRE PELÍCULAS SERIES DOCUMENTAL

Lucero (Ludwika Paleta) es una abogada de éxito, impecable, que arrastra los pies por una vida donde todo está resuelto, económicamente, pero donde nada respira equilibrio. Su esposo Fernando (José María Yazpik) y sus hijos son el retrato inerte de la felicidad burguesa: espejismos. Todo se tuerce cuando Fernando contrata a Matías (Óscar Casas), un joven instructor de natación destinado a entrenar a su hija adolescente. Lucero, empujada por un vacío que se parece al olvido, inicia un romance clandestino y tórrido con Matías. Esos amores prohibidos que asustan y, sin embargo, gustan. El juego erótico deja de ser un murmullo de sábanas para convertirse en un veneno familiar cuando la propia hija de Lucero comienza a manifestar una peligrosa atracción hacia el joven. Y lo que comenzó como un desahogo íntimo se convierte en un triángulo amoroso, una red de cámaras de seguridad, chantajes y sospechas donde el control es una ilusión que se disuelve en el agua, en el tiempo y el espacio. Y desemboca en una ruptura total de la cordura familiar, un tanto inverosímil, bastante melodramática, donde la familia permanece unida por el espanto y el secreto.

Atrapada entre la ambición de su psique y el lodo de sus propios clichés, se presenta “Deseo” (2026), una producción mexicana dirigida por Teresa Simone y disponible en Netflix. El libreto fue coescrito por Giulia Cardamone y Vanesa Miklos, quienes parecería buscaron deliberadamente que el peso de la tensión recayera en la paranoia legal y psicológica antes que en el morbo explícito. Para Ludwika Paleta, este thriller psicológico-erótico representa el papel con mayor carga de sensualidad y desnudez emocional de toda su trayectoria actoral. Gran parte de las tomas cerradas de natación de alto rendimiento requirieron dobles profesionales (María del Rocío Rodríguez y Raúl Escobar) para calibrar la cadencia visual del agua con la música incidental de Silvia Jiménez Alvarez.

Ludwika Paleta sostiene interesantemente sobre sus hombros la debacle de Lucero, dotando de una mirada felina, paranoica y magnética a un personaje que de otro modo sería indefendible. El contraste generacional e interpretativo entre el aplomo de José María Yazpik y la impetuosa juventud de Óscar Casas genera chispas dramáticas bien ejecutadas. Durante la primera mitad de Deseo, la tensión se cocina a fuego lento a través de los silencios y las miradas invasivas entre los tres vértices del triángulo. Además, los espacios lujosos y los escenarios del club deportivo operan de forma impecable como jaulas de oro que acentúan la levedad moral de los protagonistas. El uso de encuadres limpios, simétricos y tonalidades frías contrapuestas con la calidez de la piel humana eleva el nivel visual.

No obstante, la película tropieza de lleno con los lugares comunes del melodrama erótico tradicional, tanto que parece copiar giros ya vistos en cientos de producciones similares, repitiendo fórmulas de éxitos previos como Oscuro Deseo. Hacia el final, y tras una construcción pausada e inteligente, la coherencia se lanza por la ventana en favor de situaciones atropelladas, rayando en el absurdo, para forzar una resolución de impacto. A los personajes secundarios les faltó algo más de profundidad. Así, por ejemplo, los hijos quedan reducidos a meros detonantes argumentales, sin una dimensión clara que justifique sus acciones-reacciones. Aunque la premisa se pretende como un estudio profundo de la culpa, la narrativa prefiere quedarse en la superficie estética de la infidelidad burguesa antes que explorar detalles de la miseria humana.

En Deseo, las cosas no solo están ahí. Cargan con la culpa del que las mira. Y, en definitiva, funciona mejor como un elegante ejercicio de estilo que como el perturbador estudio psicológico que pudo ser. Nos queda, eso sí, un thriller magnético, entretenido y de ritmo adictivo y que, a pesar de sus giros absurdos, en el mundo cinematográfico, la clase alta sigue siendo el escenario perfecto para filmar las más bellas e inverosímiles ruinas morales.

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