Una Constituyente sin diversidad política, territorial, social y técnica corre el riesgo de transformarse en un ejercicio que responda a intereses particulares y no al bien común. Ecuador no necesita una Constituyente para repetir lo mismo con otros nombres. Necesita una Constituyente que piense, delibere, dialogue, represente, equilibre, proponga. Porque la democracia no se fortalece con unanimidades impuestas, sino con pluralidades conscientes.
Cada cierto tiempo, Ecuador regresa al mismo punto de discusión: una posible Asamblea Constituyente. El clima político, las tensiones institucionales y la urgencia de reformas estructurales reactivan el debate público y la expectativa de que una nueva Carta Magna pueda corregir las fallas acumuladas en casi dos décadas. Sin embargo, la conversación nacional vuelve a caer en el mismo error: reducirlo todo a un binario de “votar sí” o “votar no”, como si esa fuera la decisión que definirá el futuro del país. Y no lo es.
La experiencia histórica demuestra que una Constituyente puede abrir oportunidades importantes, siempre que esté acompañada de pluralidad, de contrapesos democráticos y de propuestas claras. Ecuador ya vivió un proceso constituyente en 2007, y quedó en evidencia que la ausencia de voces diversas afecta la calidad del debate y dificulta que el texto constitucional refleje al país entero. La pluralidad no es un adorno democrático, es una garantía mínima de legitimidad. Y si una Constituyente ha de instalarse, debe nacer de esa comprensión fundamental.
Habiendo sido asambleísta constituyente en 2007, conozco de primera mano la dinámica interna de un proceso de esta envergadura. Pude observar, desde la oposición, el funcionamiento de una asamblea dominada por la llamada planadora verde, un bloque mayoritario con una estructura ideológica sólida y una cohesión política centrada en el liderazgo del entonces presidente Rafael Correa. Ese diseño de poder permitió avanzar con rapidez, pero también cerró espacios de deliberación, en un momento en que el país necesitaba amplitud para discutir su futuro institucional. Mi mirada sobre ese proceso no parte del resentimiento, sino del entendimiento histórico. Creo profundamente en el corsi y ricorsi de Vico, en esos ciclos que retornan con nuevas formas, pero con aprendizajes pendientes. Bajo esa lógica, esta posible Constituyente tiene un reto distinto: no puede reproducir la homogeneidad de 2007, debe distinguirse por su capacidad de apertura para conversar sobre los temas centrales y urgentes que aquejan hoy al Ecuador.
Esto significa que no basta con decidir si se aprueba o no su convocatoria. El país necesita mirar más allá del mecanismo y concentrarse en lo esencial: quiénes integrarán ese espacio y a quiénes representarán verdaderamente. Porque una Constituyente sin diversidad política, territorial, social y técnica corre el riesgo de transformarse en un ejercicio que responda a intereses particulares y no al bien común.
Por eso, estar de acuerdo con la posibilidad de una Constituyente no implica un cheque en blanco. Implica reconocer que un proceso de este alcance debe sostenerse en una selección responsable de representantes, donde los partidos políticos, tradicionales, emergentes o en reconfiguración, asuman su responsabilidad histórica de presentar perfiles que encarnen intereses ciudadanos, no intereses de cúpulas. El país necesita constituyentes con visión, ética pública, conocimiento técnico y compromiso transparente con el Ecuador real.
La verdadera discusión, entonces, no está en el “sí” o en el “no”. Está en el día después. En preguntarse con la mayor seriedad: ¿qué haremos una vez que estemos ahí?, ¿quiénes serán los responsables de conducir este proceso?, ¿a qué Ecuador responderán?, ¿al Ecuador que lucha, que trabaja, que exige seguridad, justicia y oportunidades, o al Ecuador filtrado por agendas partidistas y cálculos inmediatos?
Una Constituyente puede ser una herramienta valiosa, siempre que su composición honre el espíritu democrático de la consulta popular que la habilite.
Cuando la ciudadanía deposita su confianza en una decisión de esta dimensión, merece que los actores políticos estén a la altura. Y merece, sobre todo, que las decisiones tomadas en ese espacio, respondan a las necesidades profundas del país, no a los intereses circunstanciales de quienes ocupen una curul.
Ecuador no necesita una Constituyente para repetir lo mismo con otros nombres. Necesita una Constituyente que piense, delibere, dialogue, represente, equilibre, proponga. Porque la democracia no se fortalece con unanimidades impuestas, sino con pluralidades conscientes.
El reto no está en la papeleta. El reto está en la responsabilidad de quienes quieran asumir el encargo de redactar el futuro institucional del país. Y ese es el debate urgente que debemos empezar en serio.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Abogada y Activista
Columnista www.vibramanabi.com
13/11/2025