¿Qué es el silencio?
¿Es hermoso el silencio?
Lo es, más, cuando significa ausencia de ruido.
Intentando introducirnos al submundo criminal de Río de Janeiro, apareció este 2025 la serie brasileña Los dueños del juego o Os Donos do Jogo (Netflix), ficción creada por Heitor Dhalia, Bernardo Barcellos y Bruno Passeri. Y fracasa exitosamente pues, pensaba Stephen Hawking, el mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión del conocimiento.
Contémosla así. Nada realmente grande puede ser logrado sin sacrificios ni riesgos extremos. Buscando abrirse espacio en el negocio de las apuestas y el crimen organizado, un joven ambicioso y calculador apodado el Profeta (André Lamoglia), asciende posiciones desde su marginalidad social y económica hasta coronar en la cúpula del rubro, un espacio dominado por clanes familiares de gente muy rica, alianzas estratégicas tan frágiles como efímeras, corrupción política en todo nivel, traiciones, traidores y traicionados. Es que, si te va mal en la vida, no es porque no eres el elegido por los Dioses, sino porque hiciste algo mal y el Diablo metió la cola. Percepción adentro.
Pero Los dueños del juego no es una ficción sobre desclasados o parias, sino sobre acumuladores del poder, tanto como para definir las reglas de los juegos de azar y de la vida, y romperlas para que las piezas encajen en su visión de vivir y dejar vivir.
Y entonces la violencia no para hasta que la sangre llega al río.
Así, y durante 8 episodios de su primera temporada (puede que haya una segunda pues siempre se puede estar peor) transcurre este drama sobre un sindicato delincuencial clandestino brasileño enfrentando tiempos de desconcierto por la posible legalización del juego, la irrupción ambiciosa de Profeta como aspirante al trono y dramas familiares que edulcoran la locura que habita en el mundo criminal, pretendiendo ofrecer cordura en algunos tramos.
En la abundancia de personajes y la interiorización en sus micromundos, surgen luces que encandilan la atención central de Los dueños del juego, pese a los intentos de giros de guion para ofrecer más intrigas o más escenas violentas o más romances tórridos. Civilización y barbarie.
1888. En aquel año se pudo observar la primera película de la historia, de la mente y manos del inventor francés Louis Le Prince, quien filmó la "Escena del jardín de Roundhay” o “Roundhay Garden Scene” en Leeds, Inglaterra, un cortometraje mudo con 2 segundos de duración. A finales de la década de 1920 aparecieron las primeras películas sobre mafias criminales. Su auge llegó en los 30, quizás o no, impulsadas por el morbo de un público que vivía la Gran Depresión. Underworld (1927) y la trilogía formada por El pequeño César (1931), El enemigo público (1931) y Scarface (1932) conquistaban.
De entonces hasta acá este tipo de películas, series y documentales treparon a un vagón sin frenos en su realización, a tal punto que hoy es imposible calcular la cantidad exacta de estos productos audiovisuales que conviven entre nosotros en la red, con libretos ya sea completamente imaginados o basados en hechos reales. ¿Hay joyas cinematográficas en este concepto? Las hay y muchas. El Padrino y Breaking Bad, por citar dos famosas. Las historias construidas a sangre, fuego, ira, venganza, deseo, lujuria, truco y maña, nunca dejarán de llamar la atención. Tienen un nicho.
Los dueños del juego no trascenderá en el espacio, será tan fugaz e imperceptible como su aparición. A veces cuesta aprender la lección correcta a tiempo. Este error les costará 450 minutos de sus vidas en admitirlo. Es sentarse, mirar y abandonar. Abandonen. El silencio es hermoso cuando significa ausencia de ruido.

Néstor Romero Mendoza
14/11/2025