Hace más de un siglo, en el extremo de lo que hoy es el cantón Rocafuerte, existía un paraje silencioso conocido como Quebrada de la Ceiba. Era un rincón apartado, al que se llegaba por una trocha polvorienta que nacía en la actual Avenida Sucre (la misma calle donde hoy se alzan Autoservicios ROBRA y el taller de Pedro Mendoza) y que serpenteaba por el sitio Guabital hasta perderse en la espesura de los montes. Allí, entre el canto de los grillos y el rumor de los riachuelos, la vida se deslizaba con una calma que sólo el campo conoce.
Fue en ese lugar donde apareció un hombre que cambiaría para siempre la historia de la quebrada. Eloy Loor Velásquez, un rocafortense de mirada visionaria y espíritu decidido, decidió instalar un ingenio para procesar caña de azúcar. Su proyecto era ambicioso para los tiempos en que la región apenas soñaba con el progreso: un molino que diera trabajo, esperanza y movimiento económico a quienes vivían aislados.
El negocio, sin embargo, no prosperó por mucho tiempo. La rentabilidad era escasa y, finalmente, el ingenio se cerró. Para muchos, aquello habría significado una derrota; pero para Eloy, la verdadera ganancia fue otra: el respeto y el cariño de toda una comunidad. Porque en su empeño no hubo interés personal, sino el deseo sincero de abrirle camino al futuro de su gente.
Decepcionado, Eloy emigró con su familia a Guayaquil, donde vivió hasta su muerte alrededor de 1958, ya entrado en años. Sin embargo, su nombre quedó sembrado en aquella tierra que alguna vez intentó transformar. Los vecinos, agradecidos por su esfuerzo, decidieron rendirle el más noble homenaje que se puede ofrecer a un hombre: rebautizar su tierra en su honor. Quebrada de la Ceiba dejó de existir y nació San Eloy, el sitio que hasta hoy recuerda al hombre que llegó para cambiar su destino.
San Eloy es, en esencia, la prueba de que la gratitud de un pueblo es capaz de inmortalizar a quienes lo han amado con obras y no con palabras. Cada vez que alguien pronuncia el nombre de este sitio, revive la historia de aquel visionario que, aunque perdió su negocio, ganó algo mucho mayor: un lugar eterno en la memoria de Rocafuerte.

Orlis Ugalde Intriago
Crédito fotográfico: Julio César.