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La responsabilidad simbólica del éxito
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 23/12/2025 08:24
María Cristina Kronfle

 Un país no necesita esconder el éxito, ni demonizar la prosperidad, necesita hacerla más humana, consciente y situada. Necesita referentes que entiendan que tener más, también implica mirar alrededor con mayor responsabilidad, incluso en los espacios más cercanos y cuando nadie está mirando. Porque el éxito que hoy se exhibe sin reflexión, es el modelo que mañana otros intentarán reproducir, con los medios que tengan a la mano.

 

Hay algo que rara vez se dice en voz alta y que, sin embargo, todos intuimos cuando miramos alrededor con un poco de honestidad, en sociedades tan desiguales como la nuestra, el éxito nunca es solo un asunto privado. No importa cuánto se insista en la narrativa del mérito individual, ni cuántas veces se repita que cada quien se hace a sí mismo. El dinero, la visibilidad y la comodidad material siempre desbordan a quien los posee y terminan proyectándose sobre quienes observan desde otros lugares, con otras condiciones y con márgenes mucho más estrechos.

El problema no es llegar lejos. El problema es cómo se llega, cómo se cuenta y cómo se muestra. Porque cuando el éxito se exhibe como una secuencia limpia de logros, sin fisuras, sin contexto y sin memoria del punto de partida, deja de ser una experiencia personal y se convierte en un mensaje social. Un mensaje que, sin proponérselo, ordena aspiraciones, jerarquiza vidas y redefine lo que se considera valioso.

En Ecuador, donde para la mayoría la vida se organiza con una mezcla de disciplina y angustia cotidiana, ese mensaje pesa. Pesa cuando la prosperidad se muestra como un estado natural y no como el resultado de trayectorias complejas, a veces desiguales, a veces favorecidas por redes, herencias o accesos que no están disponibles para todos. Pesa, sobre todo, cuando desaparece cualquier distinción entre riqueza, construida con trabajo sostenido y riqueza obtenida por atajos que nadie se detiene a explicar.

Ese vacío no es inocente. Cuando el proceso se borra, el resultado se absolutiza. Y cuando el resultado se vuelve lo único visible, el mensaje que queda flotando es brutalmente simple, no importa cómo llegaste, importa dónde estás. Esa lógica se filtra sin ruido en conversaciones familiares, entornos laborales, círculos sociales, donde el reconocimiento empieza a medirse por lo que se ostenta y no por quien eres. Ahí el éxito deja de ser una referencia inspiradora y empieza a convertirse en un estándar opresivo.

Las consecuencias se sienten con más fuerza en quienes todavía están construyendo su identidad. Muchas jóvenes crecen aprendiendo que la estabilidad puede depender menos de su autonomía, que de la “persona correcta” a su lado. Muchos jóvenes internalizan que el valor personal se juega en la capacidad de generar dinero, aun cuando el camino para hacerlo implique concesiones éticas que nadie nombra. No porque alguien lo enseñe explícitamente, sino porque es lo que se valida, se premia y se muestra como llegada hacia el éxito.

Quienes tienen visibilidad o capacidad económica, suelen pensar que su vida termina donde empieza lo privado. Sin embargo, la experiencia social demuestra otra cosa. La influencia no se apaga fuera de las pantallas, ni se diluye en la intimidad. Opera también en los gestos cotidianos, en la forma de hablar de los logros, en los silencios que acompañan ciertas comodidades, en la manera en que se normaliza la distancia con quienes no tuvieron las mismas oportunidades. No hace falta intención para influir, basta ocupar un lugar desde el cual otros miran.

Hablar de responsabilidad simbólica, no es pedir renuncias, ni imponer culpas. Es introducir una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué estamos enseñando cuando nos mostramos?, ¿qué modelo de éxito validamos con nuestras prácticas?, ¿qué aprenden quienes nos rodean cuando el dinero se presenta como identidad y no como circunstancia? La humildad, en este sentido, no es negarse a lo que se tiene, es no perder de vista el contexto en el que se lo tiene.

Cuando esta conciencia falta, se rompe algo más profundo que una sensibilidad. Se resquebraja el vínculo entre quienes tienen y quienes no. Aparece la sensación de que el esfuerzo honesto no alcanza y de que las reglas solo rigen para algunos. Ese clima no se corrige con discursos motivacionales, ni con llamados abstractos al sacrificio. Se agrava, se acumula y termina expresándose en desconfianza, cinismo y distancia social.

Un país no necesita esconder el éxito, ni demonizar la prosperidad, necesita hacerla más humana, consciente y situada. Necesita referentes que entiendan que tener más, también implica mirar alrededor con mayor responsabilidad, incluso en los espacios más cercanos y cuando nadie está mirando. Porque el éxito que hoy se exhibe sin reflexión, es el modelo que mañana otros intentarán reproducir, con los medios que tengan a la mano.

Pensar esto no es moralismo, ni ideología alguna. Es una forma básica de responsabilidad colectiva y asumirla no empobrece a nadie; al contrario, es una de las pocas maneras de evitar que la distancia entre unos y otros termine volviéndose irreparable.

 

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada y Activista

Columnista www.vibramanabi.com

23/12/2025

 

 

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