Cuando una sociedad decide que la discapacidad debe mantenerse lejos de los espacios comunes para que no incomode, cuando se vuelve “razonable” pensar que ciertas personas no deberían estar en determinados entornos, porque supuestamente “se complica”, cuando asumes como normal que lo accesible sea la excepción y no la regla. Se instala una lógica de selección, una forma elegante de exclusión, una política del cuerpo aceptable y del cuerpo descartable. La inclusión real no nace en el empleo, nace en tu vida privada.
La discapacidad no te queda lejos, solo te conviene creerlo. Te conviene mientras subes sin pensar a un tercer piso, eliges un restaurante sin mirar el baño, organizas un cumpleaños donde la accesibilidad ni siquiera entra en la conversación, y te conviene también cuando te dices que no es exclusión; que es logística, que es “complicado” y que es “por comodidad”. Pero esa comodidad no es de la persona con discapacidad, es tuya, es la comodidad de no mirar de frente, la fragilidad que compartimos, y por eso la inclusión ha sido mal entendida desde la raíz, porque la hemos tratado como obligación jurídica cuando debió ser, desde siempre, una experiencia humana cotidiana, repetida, visible e inevitable.
Hemos repetido durante años que la inclusión laboral de las personas con discapacidad está en la Constitución y en la ley, que es un deber, una responsabilidad social y un estándar mínimo de democracia. Todo eso es cierto, pero esa verdad jurídica no ha logrado lo esencial, que la sociedad la sienta propia, y el mercado, que responde a percepciones antes que a discursos, termina actuando desde la conveniencia y no desde la conciencia. La inclusión formulada como exigencia externa suele producir dos cosas que son letales para cualquier transformación cultural, resistencia y simulación.
Resistencia, porque nadie integra lo que siente que le fue impuesto, sin que se le haya movido una sola fibra interna. Simulación, porque se aprende a cumplir en el papel, a reportar, a justificar, a hacer “lo necesario”, mientras lo humano sigue sin mencionarse, se construye una muralla que aleja más a los unos de los otros.
Por eso a mí no me preocupa tanto la comodidad de una persona con discapacidad al ingresar a un entorno social, porque la incomodidad verdaderamente relevante es la tuya, la de quien se cree ajeno a la discapacidad y se desordena por dentro, cuando la ve entrar en su mundo. Esa incomodidad es la evidencia de un chip mental instalado durante décadas, un chip que separa lo humano en dos categorías, quienes pertenecen al centro de la vida cotidiana y quienes son colocados en la periferia, en una excepción, en un “caso”, en una historia inspiradora, en un tema para conmemorar, pero no en una presencia con la que se comparte el día a día, con naturalidad. El problema no es la discapacidad, el problema es el miedo cultural a que la discapacidad te recuerde algo que prefieres no mirar, que el cuerpo no es un contrato de permanencia, que la autonomía es frágil y que el control sobre nuestras vidas, es una ficción.
Porque hoy la discapacidad está en mí, pero mañana puede estar en ti, sin pedir permiso, sin avisar y sin ajustarse a tu calendario emocional. Puede ser permanente, temporal, puede ser una fractura, cirugía, enfermedad repentina, pérdida parcial de la visión, crisis neurológica, un accidente mínimo que cambia por completo la manera en que te mueves por el mundo, y basta que eso ocurra para que descubras, con una claridad casi cruel, que ese tercer piso sin ascensor no era “normal”, que esa fiesta sin accesos no era “normal”, que esa oficina diseñada para un formato único de ser humano, no era “normal”.
Era una ilusión momentánea sostenida por el privilegio de no necesitar, todavía, lo que otros necesitan desde siempre. Nadie está exento, creer que lo estás es una falta de empatía y pobreza de conciencia; es no comprender la fragilidad humana, esa fragilidad que nos iguala a todos, incluso cuando nos empeñamos en dividirnos por apariencia de autosuficiencia.
Ahí aparece una línea peligrosa, que socialmente no se suele nombrar, pero que existe. Cuando una sociedad decide que la discapacidad debe mantenerse lejos de los espacios comunes para que no incomode, cuando se vuelve “razonable” pensar que ciertas personas no deberían estar en determinados entornos, porque supuestamente “se complica”, cuando asumes como normal que lo accesible sea la excepción y no la regla. Se instala una lógica de selección, una forma elegante de exclusión, una política del cuerpo aceptable y del cuerpo descartable.
Eso, aunque no se diga con esas palabras, se parece demasiado a una mentalidad que no solo discrimina, sino que “depura” la sociedad, y es ahí donde lo jurídico, lo ético y cultural se cruzan, porque el derecho puede prohibir la discriminación, pero no puede obligarte a sentir humanidad, esa parte solo la construye la experiencia.
Por eso la inclusión real no nace en el empleo, nace en tu vida privada, y aún antes, en la educación afectiva con la que se forma a una sociedad. Cuando una familia deja de esconder al familiar con discapacidad, como si fuera una vergüenza o una carga logística, y lo incluye en los eventos sin tratarlo como símbolo, ni como excepción; cuando los espacios sociales, empresariales y comunitarios dejan de preguntarte si “vas a estar cómodo”, como pretexto para excluir, y empiezan a preguntarse por qué el entorno está diseñado para expulsarlo o no incluirlo, que es básicamente lo mismo. Nace cuando la discapacidad se vuelve visible, cotidiana, cercana, no en el sentido de espectáculo, sino en el sentido de presencia legítima, porque el cerebro humano integra aquello que ve con frecuencia y con normalidad, y deja de temerlo cuando deja de tratarlo como rareza.
Estamos viviendo una era de despertar, sí, pero no se despierta repitiendo consignas, se despierta aceptando que lo que llamabas “normal” era solo costumbre, y que esa costumbre estaba construida sobre la exclusión de millones de personas. La discapacidad no es una excepción a la vida, es una posibilidad humana permanente, una condición que puede aparecer en cualquier momento, y esa sola idea debería derrumbar la ignorancia de diseñar fiestas sin accesos, la arrogancia de diseñar ciudades sin rampas, oficinas inaccesibles, servicios que suponen cuerpos idénticos y ritmos de vida idénticos.
Si lo piensas con seriedad, no existe nada más ingenuo que creer que la vida te garantiza continuidad, y no existe nada más violento que construir un mundo como si esa garantía existiera.
La inclusión no necesita más discursos conmovedores, necesita más presencia incómoda que reordene lo que está mal diseñado, necesita más vida compartida que rompa ese chip mental que separa a la gente entre quienes “pueden” y quienes “no pueden”, como si esas categorías fueran estables. La discapacidad no rompe la normalidad, la revela, y la pregunta que queda, la única que importa, es si vas a seguir defendiendo esa ilusión de estar a salvo, o si vas a asumir, por fin, que la única normalidad auténtica es la diversidad, precisamente porque nada en la vida está garantizado y porque, te guste o no, ese mundo que hoy excluye también puede terminar excluyéndote a ti.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Abogada y Activista
Columnista www.vibramanabi.com
30/12/2025