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¿Somos nuestro empleo, nuestra profesión o qué es lo que realmente define nuestra identidad?
Por: Erick Lasso, Gerente General de KLASS ASESORES @klassasesores
Publicado en 17/01/2026 09:39
Erick Lasso

 Vivimos en una época en la que el empleo se ha vuelto inestable, la profesión cada vez más flexible y la identidad peligrosamente frágil. Sin embargo, rara vez nos detenemos a pensar qué ocurre cuando esas tres cosas se confunden. ¿Qué pasa cuando el trabajo deja de ser un rol y se convierte en refugio? ¿O cuando la profesión se reduce a una etiqueta que promete seguridad, pero no pensamiento? La conversación pública suele simplificar este dilema: nos dicen que no somos nuestro trabajo, como si esa afirmación bastara para resolver una pregunta mucho más profunda. Pero entre negar el empleo como identidad y entender qué nos sostiene cuando los roles cambian, hay un vacío de reflexión que vale la pena explorar. Este texto no intenta ofrecer una consigna tranquilizadora. Intenta algo más incómodo: poner en orden conceptos que solemos usar indistintamente y preguntarnos, con rigor, qué es lo que realmente define a una persona cuando el contexto deja de protegerla.

 

Hace poco leí una publicación en LinkedIn que se compartió de manera reiterada. El mensaje central era claro, no deberíamos identificarnos con nuestra profesión porque, el día que perdemos el trabajo, esa identidad se vacía. La idea es provocadora y conecta con una preocupación legítima de nuestro tiempo, la incertidumbre laboral.

Sin embargo, al leerla con detenimiento, quedó la sensación de que la reflexión se detenía antes de tiempo.

El primer punto que requiere precisión es la confusión entre trabajo, profesión e identidad.

El trabajo es una circunstancia, que puede cambiar, interrumpirse o desaparecer. La profesión, en cambio, no es un puesto, ni una tarea concreta, es una forma de pensar, un marco de análisis, un conjunto de criterios adquiridos a lo largo del tiempo mediante formación, lectura, práctica y reflexión. Esa estructura mental no se disuelve cuando un cargo termina.

Históricamente, los oficios eran empíricos y se anunciaban con rótulos visibles, porque el hacer y el ser, coincidían en un mismo espacio. Hoy esa lógica ya no aplica; un abogado no es únicamente quien litiga, un periodista no es solo quien redacta noticias y un ingeniero no se reduce a una casilla dentro de un organigrama. Las profesiones contemporáneas habilitan trayectorias diversas y funciones cambiantes, no identidades frágiles.

Desde esta perspectiva, la pregunta “¿qué queda de ti si pierdes el trabajo?” resulta limitada. Lo que queda es precisamente lo más valioso, el criterio, la capacidad de interpretar problemas, de tomar decisiones informadas y de asumir responsabilidad frente a la complejidad. Eso no lo concede un contrato, ni lo elimina su ausencia.

Aquí aparece un elemento que suele pasarse por alto, y que es central en cualquier análisis serio; sí nos define lo que leemos y lo que escribimos. No como gesto intelectual decorativo, sino como evidencia concreta de cómo pensamos. En la forma en que una persona comprende la realidad y la traduce en palabras se revela su profundidad, su rigor y su honestidad intelectual.

En el ejercicio del liderazgo, esta distinción es clave, ya que las organizaciones no se sostienen solo en estructuras o cargos, sino en personas con pensamiento estructurado. Cuando el contexto cambia, no sobrevive quien ocupa un título, sino quien tiene criterio para interpretarlo y actuar en consecuencia.

Tal vez, entonces, la pregunta de fondo no sea si la profesión nos define o no. Tal vez la pregunta verdaderamente incómoda sea otra: ¿qué tan sólido es nuestro pensamiento cuando el título deja de protegernos?

 

Erick Lasso

Ingeniero en Administración de Empresas y Máster en Gestión Estratégica y Alta Dirección

Gerente General de KLASS ASESORES - @klassasesores

Columnista www.vibramanabi.com

17/1/2026

 

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