Offline
Carácter frente a la incoherencia del poder
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 01/05/2026 14:41
ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO POR MARÍA CRISTINA KRONFLE

Entre la experiencia personal y la vida pública, el carácter se convierte en una forma de afirmar criterio, dignidad y coherencia frente al poder ejercido desde el capricho y no desde la responsabilidad ética.

Desde que nací convivo con una enfermedad que ha sido una condición permanente de mi existencia. He vivido sus secuelas, la pérdida progresiva de fuerza, la reducción de movilidad, la dependencia física creciente y la necesidad diaria de adaptar mi vida a un cuerpo que requiere asistencia de terceros en lo físico. Esa dependencia ha sido motora, no intelectual, y esa distinción es central, porque mi pensamiento ha sido el territorio donde la enfermedad no ha logrado gobernarlo todo. Capacidad de análisis, criterio, lectura del mundo, palabra y reflexión, han sido formas de permanecer entera cuando el cuerpo me ha obligado a recibir ayuda, negociar con límites reales y aceptar que la autonomía no puede medirse con los parámetros simples de quien nunca ha tenido que pensarse desde la dependencia física.

Recibir ayuda también exige carácter, a veces se habla de independencia como si consistiera en no necesitar a nadie, pero esa idea, en una vida como la mía, sería cruel, falsa y profundamente insuficiente; he tenido que aprender otra forma de dignidad, una que no niega la asistencia, pero tampoco permite que la persona desaparezca detrás de sus necesidades físicas. He necesitado manos, cuidados, acompañamientos eventuales y permanentes; personas que, aun sin comprender por completo mi condición, han estado ahí como cuidadoras, cuidadores o compañía. Para recibir esa ayuda sin sentir que me borra, he tenido que cultivar una humildad difícil, una humildad que agradezco infinitamente a Dios, porque aceptar apoyo no significa entregar la conducción interior de la propia vida.

Nadie está en mi cuerpo sino yo, esa frase parece sencilla, pero contiene una verdad que atraviesa toda mi historia. Nadie habita mi fatiga desde adentro, nadie mide exactamente el peso de una pérdida progresiva, nadie conoce por completo la negociación diaria entre dependencia y voluntad, nadie carga todos los elementos de mi historia personal, los que vinieron de fuera y los que se fueron formando dentro. Los demás ven una parte, escuchan una parte, interpretan una parte, ven el caparazón y lo que dejo ver, escuchan lo que decido decir. Temores, dudas, falencias, angustias y contradicciones pertenecen a una zona que conservo para mí, no por hermetismo ni por orgullo, sino porque allí ordeno lo que todavía estoy acomodando, definiendo y corrigiendo para construir una versión más íntegra de mí misma.

Ser vista no siempre significa ser comprendida, esa diferencia entre ser vista y ser conocida ha marcado mi manera de relacionarme con el mundo. A veces significa ser reducida a una imagen, a una historia de superación, a una condición física, a una expectativa de docilidad o a una narrativa cómoda para quienes necesitan admirar sin involucrarse demasiado. Ser conocida exigiría aceptar la complejidad completa de una persona, fuerza y cansancio, gratitud y rabia, necesidad de ayuda y autoridad interior, vulnerabilidad y criterio. Tal vez por eso he protegido ciertas zonas de mí, no porque no pueda hablar de ellas, sino porque no todo lo íntimo debe quedar disponible para la interpretación ajena.

También he pensado mucho en el carácter, la gente suele reducirlo al buen genio o al mal genio, como si fuese apenas una reacción temperamental, cuando para mí el carácter es otra cosa, es la estructura con la que una persona enfrenta la vida; el modo en que responde cuando la realidad presiona y el entorno exige adaptación, en esos momentos en que la incoherencia ajena intenta imponerse como normalidad. Hay caracteres frágiles, severos, dóciles, evasivos, complacientes, determinantes; yo me reconozco como una mujer de carácter fuerte y determinada y sé que eso produce cortocircuitos con otras personas, con otros caracteres, lo ha producido muchas veces, pero también sé que ese carácter no nació del capricho, ni de una necesidad de imponerme; nació, en gran parte, de una vida en la que ceder demasiado podía significar perder autoridad sobre mi propia historia.

Mi carácter tiene una raíz defensiva, pero también una raíz ética. Me ha defendido de la lástima, la reducción, la infantilización y la tentación ajena de decidir por mí o interpretar mi vida desde la comodidad de quien no la vive. También me ha obligado a no pactar fácilmente con aquello que contradice mi sentido de coherencia, no soy tolerante con la estupidez humana, y cuando uso esa expresión no hablo de falta de inteligencia académica, ni de desconocimiento técnico, hablo de una forma más grave de torpeza moral, la inconsistencia entre lo que una persona dice, lo que dice ser y lo que finalmente hace. Esa fractura me resulta especialmente difícil de soportar, porque mi propia vida me ha exigido construir coherencia en condiciones complejas; por eso me cuesta aceptar que quienes tienen poder, salud, cargo, margen de decisión o responsabilidad pública, desperdicien todo eso en cálculos pequeños, silencios convenientes o actuaciones que traicionan la función que dicen representar.

Esa intolerancia no nace únicamente de mi temperamento, nace de mi historia. Una persona que ha tenido que convivir con límites reales aprende a reconocer con mucha claridad los límites falsos, las excusas fabricadas, las omisiones funcionales y las instituciones que existen formalmente, pero se vacían materialmente. Me resulta intolerable ver cómo ciertos espacios públicos convierten responsabilidad en cálculo, representación en conveniencia e institucionalidad en una escena administrada por intereses que rara vez se atreven a decir su nombre. Lo he visto en el Consejo Nacional Electoral, donde soy consejera suplente y donde mi presencia se activa o se omite según circunstancias que revelan mucho más que una simple dinámica administrativa. También lo he visto en el Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades, un espacio al que llegué por concurso público de méritos y oposición, y que en pleno 2026 aún no sesiona, pese a los cambios de autoridades en el Ministerio de Salud y pese a la urgencia real de los derechos que debería atender.

En ese punto, historia personal y vida pública se cruzan de manera inevitable. La discapacidad no es para mí un expediente, un discurso disponible, ni una causa que se usa cuando resulta conveniente; es parte de mi cuerpo, biografía, criterio jurídico y forma de entender la justicia. Por eso decidí desde el primer día no cobrar un centavo por mi participación en ese Consejo, no lo he hecho y no lo haré, porque hay temas que, en mi caso, no pueden convertirse en factura sin tocar una fibra demasiado profunda de mi propia historia. Esa decisión no me vuelve mejor que nadie, pero sí expresa una frontera íntima, hay asuntos que para mí no pertenecen al terreno de la rentabilidad, sino al de la responsabilidad vital.

Con el Consejo Nacional Electoral ocurre algo distinto, aunque también revelador, allí la participación se da por dietas y en mi caso ha dependido de convocatorias excepcionales. Después de ocho años fui convocada para un tema concreto, en un contexto donde mi criterio no coincidía con ciertas formas de actuación que considero jurídicamente cuestionables y humanamente pobres. Luego, aunque existan excusas o condiciones que podrían abrir paso a nuevas convocatorias, simplemente no se me convoca, esa omisión dice mucho, tal vez porque no coincido con esa forma de estupidez humana que se disfraza de procedimiento, oportunidad o lectura institucional y porque mi presencia incomoda cuando no es decorativa, ni funcional al cálculo de otros.

Frente a todo eso, el sector privado ha sido alivio y desafío. Alivio, porque me permite salir de la carga emocional de ciertos espacios públicos donde la ética parece tener que pedir permiso para existir; desafío, porque sostener una empresa, construir clientes, generar ingresos y vivir sin la seguridad de un sueldo permanente, exige una disciplina diaria que tampoco suele verse desde fuera. En el sector público existe la estabilidad de una remuneración cuando se ocupa un cargo de dependencia; en mi caso, esa estabilidad no está, mi trabajo privado exige producir, pensar, vender, responder y crear valor de manera permanente. Pero en ese espacio reconozco algo importante, reconozco autoría, lo que construyo nace de esfuerzo, criterio, palabra y capacidad de afirmar una propuesta profesional con coherencia.

Quizá por eso, cuando me preguntan qué me motiva, siento que la pregunta necesita reformularse. Mi vida no se explica únicamente por motivación. La motivación cambia, sube, baja, aparece, desaparece. Hay días en que la motivación no alcanza. Hay días en que lo único que queda es una forma más profunda de lealtad con una misma, una decisión interior de no entregar la última palabra a la enfermedad, al cansancio, a la dependencia física, a la negligencia institucional ni a la incoherencia de otros. Esa decisión no siempre se ve amable. A veces se ve fuerte, incómoda, frontal, severa. Pero es la misma decisión que me ha permitido seguir pensando, trabajando, denunciando, creando, amando y corrigiéndome.

Si tuviese que nombrar la raíz de mi resiliencia, no diría que está en aguantarlo todo. Aguantarlo todo puede convertirse en una forma de destrucción silenciosa. Mi raíz está en otra parte. Está en haber conservado una soberanía interior incluso cuando mi cuerpo ha requerido ayuda externa; está en haber entendido que la dependencia física puede convivir con la dignidad cuando no anula la voluntad, mientras que la dependencia moral frente a la incoherencia ajena sí degrada algo esencial de la persona. Esa es una frontera que no estoy dispuesta a cruzar. Puedo necesitar asistencia para muchas cosas, pero no necesito que otros definan el sentido de mi historia, que una institución me conceda valor ni que la comodidad de ciertos personajes me enseñe a callar.

Por eso sigo. Me canso, dudo y he sentido alguna vez que no quería más. Sin embargo, hay una parte de mí que, incluso en los momentos más difíciles, se niega a convertirse en espectadora de su propia vida. Esa parte piensa, discierne, se incomoda, se indigna, agradece, recibe ayuda, se equivoca, se corrige y vuelve a tomar posición. Esa parte es mi forma más íntima de libertad. Y quizá ahí está la respuesta más honesta, mi resiliencia no es una pose ni una historia bonita para que otros se inspiren; es la manera en que he defendido mi derecho a seguir siendo yo, incluso cuando la vida, el cuerpo y ciertas instituciones han intentado reducirme a mucho menos.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada / Máster en Administración Pública / Activista

Columnista www.vibramanabi.com

1/5/2026

 

 

Comentarios
¡Comentario enviado exitosamente!

Chat Online