
Por estas tierras de Manabí el viento a veces trae puros murmullos, ecos de gente que ya no está pero que nos sigue diciendo cómo vivir. Uno camina por el polvo y siente que carga con los ojos de los abuelos o padres, con esos mandatos que nos dictan que debemos ser hombres y mujeres de bien, como si la vida ya estuviera escrita antes de que nosotros naciéramos. Pero la vida no es solo aguantar el sol y las circunstancias; es una lucha permanente por no dejar de vivir antes de que el árbitro disponga el final.
En mi práctica profesional de ya veinte años, les digo que nadie me ha buscado para contarme que es absolutamente feliz. Todos coincidíamos tener algo en común: un dolor que quema las entrañas, en mayor o menor medida. El 100% de los seres humanos cargamos con una falta, según la psicología. No estamos completos, y esa es nuestra mayor suerte, tal vez, porque el que lo tiene todo ya no desea nada, y el que no desea, se queda mirando la muerte de frente, sin nada que poner en medio.
Ser feliz a pesar de nuestras faltas no es encontrar un estado puro donde no nos falte nada, sino entender que la falta es nuestra condición natural. La idea de una felicidad completa es imposible porque los seres humanos somos seres habitados por el vacío desde el nacimiento. Solemos creer que seremos felices cuando tengamos la pareja ideal, el título o la casa soñada. Pero el destino de toda ilusión es la desilusión, más de las veces.
Como seres humanos, nunca estaremos "completos". Quizá, evolucionar es acostumbrarse a la "Faltacidad", concepto creado por el psicoanalista Gabriel Rolón que une las palabras falta y felicidad para describir la posibilidad de ser feliz integrando nuestras carencias y heridas. La felicidad y la falta son compañeras de viaje; quien no lo entienda así pasa la vida mirando solo la imperfección y se vuelve un ser eternamente amargo.
Hay que tener el deseo como motor. Necesitamos que nos falte algo, porque el deseo solo nace de lo que no se tiene. Si lo tuviéramos todo, no habría proyectos, y sin proyectos la mirada solo encontraría la angustia o la nada. El deseo es lo que nos permite darles sentido a nuestros pasos. Porque no hemos venido al mundo simplemente para ser felices, sino para luchar y hacernos merecedores de la felicidad a puro coraje y verdad. Esta lucha es lo que los griegos llamaban Agón, una batalla permanente para que la vida tenga un propósito propio antes de que se acabe el tiempo.
Y para ello podemos empezar cambiando las sombras que nos ocupan. Vamos con algunos ejemplos cotidianos, como el mandato social no escrito acerca de la "supremacía del macho alfa": Esas voces tradicionales que dicen "los hombres no lloran" son preceptos que enferman. Obligan a seguir un destino que no es el propio, impidiendo que el hombre escuche su propia angustia y la alivie hablando. A veces preferimos callar que preguntar "¿por qué me echaron?", como aquel paciente que vivió años pensando que no lo querían sus doctores. Ese silencio práctico nos vuelve seres resentidos que no pueden disfrutar ni lo que han logrado. Ahora, también, pensar que hemos venido a sufrir para ganar el cielo es un error. Hemos venido para luchar, para ser merecedores de esa felicidad imperfecta. Quedarse en el dolor por costumbre es morir en vida.
Habitar nuestras luces puede acercarnos a la plenitud. Y a través de cosas sencillas como ese ritual de sentarse a comer entre la familia o amigos o compañeros, que no es solo un momento para llenarse el estómago. Es un gesto de compartir y de rebeldía contra la soledad existencial. El lazo social que se crea en la mesa manabita puede darnos un guion cuando el universo parece no tener ninguno.
No te quedes ahí sentado viendo cómo se apaga el sol. La felicidad no es un lugar sin baches; es caminar con los agujeros que tenemos, y con las heridas también, sabiendo que el deseo es lo único que nos mantiene vivos. No dejes que los mandatos ajenos te roben tus sueños. Si algo falta, dale gracias a la vida, porque esa falta es el motor que te hará levantarte mañana a buscar algo nuevo.
Camina tus duelos, soporta tus soledades, pero nunca, léeme bien, nunca te rindas ante el silencio. Que cuando llegue el último segundo, puedas decirle al tiempo: "Dame un minuto más", porque tu paso por la Tierra tuvo un sentido que tú mismo inventaste. ¡A vivir, carajo! ¡A vibrar alto y con ideas libres!
