Querida ciudadanía esta reflexión nos va a incomodar a todos. Una comunidad no se construye premiando únicamente a quien dice “sí” a todo, guarda silencio y celebra hasta lo que está mal. Tampoco se fortalece señalando como enemigo a quien pregunta, propone o exige transparencia. Hemos confundido lealtad con obediencia y apoyo con adulación. Mientras unos siempre están dispuestos a colaborar, incluso cuando nadie les avisa, otros aparecen solamente cuando les conviene, cuando hay cámaras o cuando pueden atribuirse el mérito.
La gente está alimentando egos con mentiras, con acciones vanas de apoyo sin sentido, aplausos interesados y silencios que terminan perjudicando a todos. Callamos cuando corresponde hablar y, después, descargamos nuestras molestias contra quien siempre ha tendido la mano. Es como tener una gotera en casa y enojarnos con el vecino que nos advierte, en lugar de reparar el techo. Quien señala un problema no necesariamente quiere destruir; muchas veces intenta evitar que el daño se vuelva más grande.
Debemos salir de ese cuadrado mental, de ese pequeño perímetro de baldosa donde solamente importa lo que nos beneficia personalmente. ¿Cómo exigimos mejores autoridades, instituciones o dirigentes si primero les ponemos trabas a nuestros vecinos, compañeros de estudio y colegas de trabajo? Queremos solidaridad cuando atravesamos una dificultad, pero negamos apoyo cuando otro lo necesita. Pedimos justicia para nosotros y silencio para los demás. Esa contradicción también debilita a la comunidad.
Y están quienes, desde otros lugares o detrás de una pantalla, parecen no tener mejor propósito que intentar afectar la tranquilidad ajena. Inventan, deforman hechos y celebran las dificultades de otras personas como si el dolor fuera entretenimiento. ¿Eso es vivir? ¿Eso es justo? La libertad de expresión permite cuestionar, debatir y denunciar, pero no convierte la mentira ni el hostigamiento en derechos. Una sociedad decente confronta ideas con argumentos, no busca destruir personas.
Basta de tanta chuchumequería y de convertir la victimización permanente en una forma de evadir responsabilidades. Hay momentos en los que debemos sacar fuerzas incluso de donde creemos que no existen. Ecuador enfrenta desapariciones, muertes violentas, inseguridad y familias que salen a comprar alimentos calculando qué pueden llevar y qué deben dejar porque el dinero ya no alcanza. Frente a esa realidad, responder con indiferencia, rivalidades pequeñas o burlas demuestra cuánto hemos perdido el sentido de humanidad.
El trabajo en equipo exige verdad, transparencia, hermandad, solidaridad y justicia, incluso cuando resulta incómodo. Ser comunidad significa reconocer a quien ayuda, corregir a quien falla y escuchar a quien piensa diferente sin convertirlo en adversario. Todos aparentamos valentía hasta que la inseguridad toca nuestra puerta o la economía golpea nuestra mesa. Despertemos: ningún barrio, recinto, institución o cantón saldrá adelante mientras sigamos alimentando egos y colocando obstáculos entre nosotros. Debemos elegir entre seguir defendiendo ese pequeño pedazo de baldosa o comenzar, por fin, a construir el piso que debe sostenernos a todos.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
6/8/2026