
A veces parece que el viento de Ecuador trae puro polvo, pura tierra seca que se mete en los ojos y nos hace creer que todo lo que fue ya se quedó escrito en piedra. Se oye decir por ahí, en las esquinas de los pueblos y bajo los techos, que empezar de cero es un sueño de locos, una utopía inalcanzable porque cargamos con un costal de ayeres que nadie puede vaciar. Nos dicen que la historia ya está trazada, que somos lo que nos tocó y que no hay de otra. Pero eso no es tan cierto. Habitamos una evolución y cambio permanente.
No confunda el camino andado con el polvo que levantan sus pasos. El pasado y la historia no son la misma cosa. El pasado es ese montón de hechos mudos y fríos que ya ocurrieron: el día que nacimos, los padres que nos tocaron, el desengaño que nos quebró el alma. Esos hechos están ahí, quietos y pesados como lápidas. Pero la historia... la historia es el cuento que nos platicamos por las noches para darle sentido a tanto dolor y a tanta espera. Y eso se puede modificar todo el tiempo. Vivir no es quedarse mirando una fotografía descolorida; vivir es cambiar, y el que se empeña en no moverse se va secando por dentro.
Hay quienes se acostumbran al sufrimiento como si fuera la única cobija disponible. Se meten en un pozo lleno de agua sucia, lodo y alimañas. Saben que el lugar es espantoso, pero se dicen a sí mismos: "Aquí por lo menos no me alcanzan las balas del afuera; aquí estoy a salvo". Ese es el fatal efecto trinchera, la comodidad del espanto: quedarse en un trabajo que marchita el espíritu o en un amor que ya no da abrigo, solo porque es un territorio conocido. El miedo a la incertidumbre del descampado los condena a vivir cavando su propio olvido.
"Yo soy así y ya no cambio", repiten algunos con orgullo, como si esa frase fuera un escudo. No se dan cuenta de que esa identidad de hierro es en realidad una armadura que los tiene sitiados, como a los antiguos habitantes dentro de las murallas de Troya. Se vuelven obsesivos de sus propias prisiones, defendiendo un personaje que construyeron hace diez o veinte años, pero que hoy ya no representa sus verdaderos deseos. Se quedan sordos al mundo, encerrados en un calabozo del que ellos mismos guardan la llave.
La tierra agrietada también sabe de lluvias, y el alma humana tiene la fuerza para resignificar sus cicatrices. Iniciar algo nuevo siempre da miedo; las desilusiones pasadas nos llenan de malos presentimientos y nos hacen dudar de cada pisada. Cuando el camino se ponía oscuro y los fracasos anteriores pesaban en las espaldas, la voz de un padre sabio se levantó para ahuyentar los fantasmas: "No me importa tener un hijo que fracase mucho; lo que no quiero es tener un hijo que no se anime a vivir sus sueños por miedo al fracaso". Esa expectativa de amor es la que nos empuja a salir de la parálisis, a entender que errar es parte de estar vivos y que el único fracaso real es quedarse sentado viendo pasar la vida de largo.
La vida no siempre es justa ni nos da lo que pedimos, pero vale la pena morir viviendo. No mendiguen un destino que no les pertenece. No se queden habitando los sueños y los deseos de quien fueron hace años. Desconfíen de las certezas absolutas sobre quiénes son, porque somos una casa llena de habitaciones oscuras que nunca hemos visitado, llenas de ilusiones que todavía esperan que encendamos un fósforo para verlas brillar. Hay que sacudirnos el miedo que nos paraliza el alma a veces. ¡Vibra Manabí, pero vibra de deseo, de cambio y de vida!
