
El confinamiento en el cine no es una novedad; con sus manifestaciones de la deformación del alma y la mente está presente en The Last House o La última casa (2026), que utiliza el aislamiento doméstico como un purgatorio de la humanidad provocado por una fuerza externa climática misteriosa. Disponible en Netflix desde el 7 de agosto pasado, se trata de una película de suspenso y ciencia ficción estadounidense, dirigida por Louis Leterrier con Matthew Robinson como guionista y protagonizada por Wagner Moura y Greta Lee.
¿De qué va? La trama es severa y descarnada en su planteamiento inicial. Jason (Wagner Moura) regresa a su hogar de un día de pesca infructuosa en Seattle. Al intentar salir con su esposa Riley (Greta Lee) y sus hijos Graham y Ruth, descubren que una lluvia extraña y pertinaz ha bloqueado su casa con el exterior. Nadie sale, nadie entra. Las puertas no ceden; las ventanas se vuelven muros impenetrables. El encierro no dura horas ni días, sino años enteros —más de mil días— obligando a la familia a racionar alimentos, romper el suelo para sembrar las plantas que sostengan su alimentación y soportar cómo la civilización se extingue, devorada por una naturaleza salvaje y una presencia acechante que habita en las sombras exteriores. Pero el letargo del encierro se rompe de tajo. Tras cinco años de agobio y después de asimilar que la criatura exterior no es el enemigo absoluto sino parte de un nuevo orden biológico del mundo, la casa cede. Y al salir a un mundo casi completamente inundado, la familia aborda un barco al que renombran “Cassidy”, en honor su mascota perruna cuya muerte marcó el fin de su vieja normalidad. El plano final muestra a Ruth utilizando la radio del navío hacia el horizonte vacío. Una voz distorsionada responde: "¿Hola?", simbolizando el “Día 1” de una nueva era y de una nueva incertidumbre. El aislamiento terminó, pero el contacto con lo desconocido —ese "otro" que responde en la radio— abre la puerta tanto a la restauración de la humanidad como a un peligro definitivo de extinción en un planeta que ya no les pertenece.
La dirección de Leterrier acierta de forma notable durante el primer tercio del metraje. Consigue transmitir el agobio auténtico y la paranoia del encierro doméstico sin necesidad de revelar sus cartas de inmediato, prevaleciendo las sensaciones y emociones humanas antes que los efectos sonoros y visuales. Greta Lee y Wagner Moura cargan con el peso dramático de la cinta desplegando un profesionalismo incuestionable que sostiene las escenas de mayor fractura psicológica. El deterioro progresivo de la vivienda, convertida en un huerto improvisado y en ruinas, acompaña excelentemente el correlato visual de la decadencia de los Delgado y el planeta.
Lastimosamente, el guion de Matthew Robinson traiciona su atmósfera psicológica para saltar a un festival de estímulos comunes, monstruos y acción convencional en su climax, debilitando el misterio existencial que venía cabalgando a buena marcha. Y en su afán por complacer al algoritmo del streaming, la narrativa desecha los silencios y las alegorías profundas, explicando en exceso los conflictos en lugar de dejar que respiren. El declive final llega con el salto temporal de más de mil días que diluye el desarrollo orgánico de la locura que significa el encierro; el paso del tiempo se siente como un recurso de guion conveniente más que como una herida real en los personajes.
Dependiendo de tu nivel de aburrimiento, estás para darle play a La última casa, cuyo proyecto original se titulaba 11817 e iba a ser protagonizado por Kingsley Ben-Adir y Greta Lee. Pero tras la adquisición de los derechos mundiales por parte de Netflix en enero de 2025, Wagner Moura reemplazó a Ben-Adir. Y lo hace bien. Aunque la película se categoriza como ciencia ficción apocalíptica, tanto el director como los actores principales han admitido en entrevistas que la tensión del set se inspiró directamente en el trauma colectivo del confinamiento global de 2020 por el coronavirus, apelando al instinto animal de protección familiar. Vaya recuerdo.
