A veces los ecuatorianos tenemos una curiosa costumbre: creemos que la emergencia siempre le va a pasar al vecino. “A mí no me toca”, decimos, mientras la mochila de emergencia sigue esperando desde hace años en el rincón donde también guardamos cables que ya no sirven, una licuadora dañada y quién sabe cuántas cosas que algún día “podrían servir”. Pero la naturaleza no revisa agendas ni pregunta si estamos preparados. Un terremoto, una inundación, un deslizamiento o un incendio pueden ocurrir en cualquier momento, y ahí descubrimos que tener un plan vale mucho más que tener buena suerte.
Y tampoco se trata de convertir la casa en un supermercado de supervivencia. No necesitamos comprar medio almacén. Necesitamos sentido común: agua potable, alimentos que no dependan del refrigerador, linterna, baterías, radio, botiquín, medicamentos personales, documentos protegidos, algo de dinero, artículos de higiene y un cargador portátil. Es como tener un paraguas: nadie lo lleva pensando que necesariamente va a llover, pero cuando cae el aguacero uno agradece haberlo tenido. La idea es que, si durante unas horas o días fallan el agua, la electricidad, las comunicaciones o el acceso a determinados sectores, la familia pueda resolver lo básico sin entrar en desesperación.
Ahora pensemos en dónde vivimos. Si estamos en planta baja, debemos conocer las salidas y mantener despejados los accesos; si vivimos en un edificio o condominio, necesitamos saber dónde están las escaleras, el punto de encuentro y quién administra el inmueble. Y aquí aparece el clásico problema: todos sabemos dónde está el ascensor, pero pocos saben dónde está la salida de emergencia. Durante un sismo, el ascensor no es precisamente nuestro mejor amigo. La preparación también significa conversar con los vecinos y establecer quién puede ayudar a un adulto mayor, a una persona con discapacidad o a alguien que tenga dificultades para movilizarse. Porque en una emergencia, la solidaridad no puede depender de conocernos de vista en el ascensor.
Y están los niños, que muchas veces entienden más de lo que creemos, pero necesitan que los adultos les expliquemos sin asustarlos. Hay que enseñarles que ante una emergencia no se corre, no se empuja y no se regresa por juguetes o pertenencias. También debemos pensar en nuestras mascotas, porque para ellas una emergencia puede ser todavía más aterradora: una correa, alimento, agua y un sistema seguro para trasladarlas pueden convertirse en elementos fundamentales. Prepararnos para ellos es también una manera de demostrar que la prevención no solamente consiste en salvar paredes y objetos, sino en proteger personas y seres que dependen de nosotros.
Y cuando ocurre algo, aparece otra pregunta: ¿a quién llamamos? En Ecuador, el 9-1-1 es el canal para reportar emergencias y permitir que se coordine la respuesta de los organismos correspondientes. Pero también debemos aprender algo que parece sencillo y muchas veces olvidamos: no todo lo que llega por WhatsApp es verdad. En una emergencia, un audio alarmista puede correr más rápido que la información oficial y provocar miedo, congestión y decisiones equivocadas. Hay que escuchar a las autoridades competentes, mantener la calma y seguir las instrucciones. La información responsable también salva.
Como ciudadanía, debemos dejar de mirar la prevención como una exageración o como una película de desastres. No se trata de vivir esperando que ocurra algo malo; se trata de entender que vivimos en un país expuesto a diferentes amenazas naturales y que estar preparados es una responsabilidad compartida. Aquí nos debemos preguntar, si esta noche ocurre un terremoto, una inundación o cualquier otra emergencia, ¿nuestra familia sabe dónde reunirse, cómo salir, a quién llamar y cómo ayudar al más vulnerable? Improvisar puede funcionar para decidir qué merendar, pero para una emergencia, mejor no jugar a la suerte.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
12/8/2026