
Hay pueblos que huelen a desdicha antes de que la muerte asome la cara. En Strongsville, Ohio, la madrugada del 31 de julio de 2022 no trajo rocío, sino el estruendo seco de un metal que se deshace contra un muro. El director Gareth Johnson, en su obra El choque (2026), desentierra esos restos para edificar un testimonio de voluntades más que un reportaje judicial.
Este documental, disponible en Netflix, aborda el caso Mackenzie Shirilla, una adolescente que conduce un coche a una velocidad desbocada de 160 kilómetros por hora, llevando consigo a su novio Dominic Russo, de veinte años, y a su amigo Davion Flanagan, de diecinueve. No hay frenado en el suelo, no hay titubeos en las manos; solo la aceleración absoluta hacia la pared. Los dos jóvenes mueren al instante, atrapados en el eco del impacto; ella sobrevive para arrastrar una condena de cadena perpetua decretada en un juicio posterior en 2023, donde la ley dictaminó que aquello no fue un fatal accidente, sino un acto controlado, metódico y deliberado. Johnson evita el llanto fácil y la palabra simple de los informativos y prefiere acumular los testimonios de los vivos, involucrados directa e indirectamente, y los registros de las cámaras de seguridad como si fueran piedras sobre una fosa. El final del audiovisual compromete al espectador al concederle la palabra a la propia Mackenzie Shirilla desde su encierro penal, siendo una de las pocas veces que su voz sale de la prisión. Sin embargo, este cierre no ofrece redención ni certezas absolutas, sino que ensancha la duda sobre el abismo de la percepción humana. Mientras la justicia ve una frialdad criminal y planificada, ella balbucea la justificación de un problema médico o un accidente desdichado. Es el triunfo del misterio insondable de la crueldad humana por encima del rigor forense, inclusive.
El Choque tiene aciertos significativos. Johnson y la productora Angharad Scott estructuran los primeros minutos del filme transformando el perfil público de TikTok de la condenada en la principal pieza de evidencia psicológica y narrativa, mucho antes de desglosar los reportes judiciales. La integración de videos de cámaras de seguridad y archivos de redes sociales crean una atmósfera que huye eficazmente de las reconstrucciones dramáticas artificiales. La producción consiguió un acceso exclusivo e inédito para entrevistar a Mackenzie en la cárcel, un hito que dividió profundamente a la comunidad de Strongsville entre quienes lo consideraron periodismo puro y quienes vieron una explotación morbosa, enfocándose en provocar una tensión sólida entorno al debate moral entre el "crimen perfecto" y el "accidente trágico".
Sin embargo, en ciertos pasajes la edición de El Choque sucumbe a las urgencias del streaming, acelerando los testimonios y rompiendo los silencios que la densidad de la tragedia exigía. Al buscar un enfoque marcadamente psicológico y relacional, el guion deja de lado elementos procesales y peritajes mecánicos complementarios que habrían robustecido el valor estrictamente documental. La cámara insiste tanto en la mirada vacía de los familiares sumidos en el desconsuelo que, por momentos, el rigor analítico desciende hacia el espectáculo del dolor ajeno, rozando el sensacionalismo digital.
Vayan por El choque. Guste o no, entretiene.
