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El Gran Hotel Budapest (2014), escrita y dirigida por Wes Anderson, a partir de una historia de Anderson y Hugo Guinness, inspirada en los escritos de Stefan Zweig
Por Néstor Romero Mendoza
Publicado en 18/08/2026 14:39 • Actualizado 18/08/2026 18:04
SIN FILTRO: COLUMNA SOBRE PELÍCULAS SERIES DOCUMENTAL

 

Zubrowka es un pueblo de la vieja Europa inventado sobre la nada, donde los hombres no son más que recuerdos que se van deslavando con el viento. Aquí habita El Gran Hotel Budapest, obra maestra estrenada en 2014, escrita y dirigida por Wes Anderson, a partir de una historia de Anderson y Hugo Guinness, inspirada en los escritos de Stefan Zweig, con una coproducción entre Estados Unidos y Alemania. Con un reparto coral liderado por Ralph Fiennes, retrata la aventura de un conserje que se une a uno de sus empleados para demostrar su inocencia después de ser acusado de asesinato. Pero no es así de simple.

 

La historia nos la cuenta un viejo, Zero Moustafa, que a su vez se la contó a un escritor, y ese escritor la dejó plasmada en un libro que hoy lee una muchacha, a manera de murmullos que se amontonan uno sobre otro. En los años previos a que estallara la guerra mundial, el Gran Hotel Budapest se alzaba allá arriba, en la montaña, pintado de un color rosa que parecía mentira. Ahí vivía M. Gustave H., un hombre fino que olía a perfume caro y que se desvivía por atender las necesidades, tanto espirituales como carnales, de las ancianas ricas que subían a morir en sus brazos, en las habitaciones. Cuando una de ellas, Madame D., estira la pata de repente, le deja en herencia un cuadro carísimo llamado Niño con manzana. A partir de ahí, la vida de Gustave y de su fiel mozo o asistente, el joven huérfano Zero, se llena de persecuciones, cárceles y pleitos con unos herederos infames encabezados por Dmitri, un tipo que carga con la muerte en la mirada. Al final, todo aquello que brillaba se lo termina tragando la violencia del tiempo y los soldados de plomo de un régimen tirano gris y negro. El final es seco y frío, como una cucharada de ripio. Gustave muere fusilado por defender a Zero en un tren, repitiendo el mismo sacrificio del principio, pero esta vez sin que la suerte lo salvara. ¿Qué queda entonces? Queda Zero, solo, pues poco después su dulce esposa Agatha y su niño recién nacido fallecen también, fulminados por una pandemia gripal. Queda Zero, ya viejo y descolorido, viviendo en las habitaciones abandonadas de un hotel que ya no tiene brillo. Es la derrota definitiva de la belleza ante la historia. Zero conserva el hotel no porque sea un hombre de negocios; lo conserva porque es la única tumba que le queda para platicar con los fantasmas de su querido Gustave y de su amada Agatha. Mantener el edificio en pie es su manera de no morir del todo. Es la memoria de la memoria donde los vivos solo existen para cuidar a sus muertos.

 

Vayan por El Gran Hotel Budapest. Detrás de esta obra maestra de nostalgias, protagonizada por Ralph Fiennes, Tony Revolori y F. Murray Abraham, hay hechos que merecen ser rescatados, como la escena donde el preso Ludwig, interpretado por Harvey Keitel, le dice adiós a Zero antes de cruzar la barda y le planta un bofetón en la cara, la toma se repitió 42 veces. Keitel le pegó de verdad a Revolori en cada una de ellas hasta que el director quedó conforme. Para filmar los exteriores del hotel y los paisajes nevados no se usaron esas computadoras modernas que todo lo falsean; se construyó una maqueta hecha a mano, de unos tres metros de alto, inspirada en viejos balnearios europeos. Fiennes logra una interpretación descomunal al dotar de una profunda melancolía y caballerosidad a un personaje que, en manos menos dotadas, habría sido una simple caricatura fogosa amanerada. Los interiores se montaron dentro de una tienda de departamentos abandonada en Görlitz, Alemania, un edificio viejo de 1913 que tenía la grandiosidad necesaria en sus puros huesos. La película se filmó usando tres relaciones de aspecto diferentes (1.37:1, 1.85:1 y 2.40:1). Y no fue por capricho, sino para que el espectador supiera en qué época del siglo estaba parado: la pantalla se hace cuadrada en los años treinta para imitar el cine de ese entonces y se estira en los años sesenta para reflejar la llegada del formato ancho. El control absoluto de la puesta en escena, la paleta cromática y la simetría milimétrica no tienen parangón en el cine moderno. Cada plano es un cuadro costumbrista perfectamente equilibrado que encierra al espectador en su microcosmos. El uso de cuatro capas de narradores superpuestos funciona de manera brillante para simular el desgaste del recuerdo humano. La historia por momentos pierde nitidez, pero gana mitología a medida que pasa de boca en boca. Y gana grandeza.

 

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