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Sí se pudo, sí se puede y siempre se podrá
Por: Néxar Rodríguez Vélez
Publicado en 22/11/2025 10:21
PENSAR
Imagen divulgada en internet

 El fútbol nos demostró que puede ser mucho más que un juego: puede ser un puente que nos une, un espejo de nuestra identidad y un recordatorio de que juntos somos capaces de lo imposible. Así como aquella noche del 7 de noviembre de 2001 nos abrazamos sin conocernos, podemos volver a hacerlo.

 

Han pasado casi 25 años y el Ecuador no tuvo —y quizá no tendrá— una selección igual o mejor que aquella. De la mano de Darío “El Bolillo” Gómez apareció no solo la mejor selección, sino el mejor equipo de la historia pasada y quizá futura del fútbol ecuatoriano. Prefiero llamarlos “equipo” y no “selección”, porque eso fueron: un equipo que triunfó, gracias a su capacidad de trabajar y jugar unidos.

No sé si el mérito fue únicamente del Bolillo, pero lo cierto es que llegaron juntos. Al grito de “¡Sí se puede!”, con baile incluido, puso orden, autoestima y disciplina. Se encontró con muchachos hambrientos de victoria, capaces de sincronizarse a la perfección con jugadores ya maduros, curtidos por la experiencia. Muchos de ellos habían sido ignorados, incluso desechados, por los clubes ecuatorianos, pero encontraron en La Tri su redención.

Los astros conspiraron para que coincidieran los mejores en un mismo espacio y tiempo. Lo que muchos llamaron la Generación Dorada: figuras como el capitán Álex Aguinaga, Agustín “El Tin” Delgado, Ulises de la Cruz, Iván “Bam Bam” Hurtado, Giovanny Espinoza, -de los más reconocidos- y las manos seguras de José Francisco “Pepe Pancho” Cevallos.

Jamás olvidaré aquella noche. Ecuador entero, y en mi caso Portoviejo, se volcó a las calles. “Ríos de gente” inundaron veredas, parques y avenidas de mi Portoviejo hermoso, “la ciudad más linda del mundo”, como decía el Panita Paredes. Él, que sin ser de aquí la amó tanto como nosotros, no alcanzó a ver este momento histórico del fútbol ecuatoriano. Quizá, abriéndose paso entre las nubes, pudo ser testigo y disfrutarlo.

Recuerdo a un joven desde un balcón, cerveza en mano, gritando: “¡Te amo, Kaviedes!”. Nos desinhibimos, sacamos nuestra esencia, volvimos a ser hermanos. El fútbol logró lo que el pesimismo y egoísmo nos habían robado: abrazarnos, estrecharnos las manos, reír y llorar juntos.

Ese 7 de noviembre de 2001, contra Uruguay, todo cambió. En el minuto 72, un centro asistido por el Tin y Aguinaga encontró la cabeza de Jaime Iván Kaviedes, “El Nine”. Con un cabezazo magistral nos dio la tan anhelada clasificación al Mundial de Corea-Japón. Ese gol no solo abrió las puertas de un torneo, sino que marcó un antes y un después en nuestra historia. A “El Nine” es inevitable recordarlo con nostalgia y gratitud, pensando en todo lo que más pudo haber dado a la selección ecuatoriana.

Hoy, al mirar atrás, sentimos que aquella pasión desbordante y esa hermandad que nos unió alrededor del fútbol parecen haberse debilitado. Ya no vemos las calles inundadas de abrazos espontáneos ni sentimos que un gol nos convierte en hermanos por un instante.

Las causas, creo, son muchas: la mercantilización del deporte en que los hinchas pasamos de ser parte protagonistas a ser clientes, los resultados irregulares, la distancia entre jugadores y pueblo, la fragmentación social por la polarización política con sus tenciones cotidianas y el cambio generacional que con sus nuevas formas de entretenimiento nos aíslan del futbol. Pero más allá de los motivos, lo cierto es que la llama sigue ahí, esperando ser encendida de nuevo.

El fútbol nos demostró que puede ser mucho más que un juego: puede ser un puente que nos une, un espejo de nuestra identidad y un recordatorio de que juntos somos capaces de lo imposible. Así como aquella noche del 7 de noviembre de 2001 nos abrazamos sin conocernos, podemos volver a hacerlo.

Quizá lo que necesitamos no es solo un triunfo deportivo, sino recuperar la esencia de aquel grito colectivo: “Sí se puede”. Que no sea una consigna pasajera, sino una convicción permanente de que, como país, podemos volver a vibrar juntos, a reconocernos en la alegría compartida y a construir hermandad más allá de la cancha.

Porque si una generación dorada pudo abrirnos las puertas del mundo, otra generación —la nuestra, la que viene— puede devolvernos la pasión y la unidad. El fútbol nos enseñó que cuando creemos, soñamos y luchamos juntos, Ecuador siempre puede.

 

Néxar Rodríguez Vélez

Activista social - nexarrodriguezvelez@gmail.com

Columnista www.vibramanabi.com

22/11/2025

 

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