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Nadie tiene la fórmula para vivir la vida de otro
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 06/07/2026 21:24
ALGUIEN TIENE QUE DECIRLO / MARÍA CRISTINA KRONFLE GÓMEZ

Cada vez que encuentro una publicación en la que alguien promete enseñarnos a vivir, alcanzar la paz mental, conservar la alegría frente a cualquier adversidad o llegar al éxito mediante una secuencia de pasos, me pregunto desde qué experiencia o autoridad puede una persona asegurar que ha descubierto una fórmula capaz de responder a la complejidad de todas las vidas. Mi cuestionamiento no nace de una resistencia a recibir orientación ni de la idea de que nada podemos aprender de los demás, porque compartir experiencias puede enriquecernos, advertirnos y mostrarnos perspectivas que quizá no habíamos considerado, lo que me inquieta es la facilidad con la que una vivencia individual termina convertida en doctrina, aun cuando cada ser humano existe dentro de condiciones físicas, emocionales, sociales y económicas completamente distintas.

Hablo desde una vida en la que la sobrevivencia no ha sido una metáfora conveniente, para construir un relato inspirador, sino una realidad determinada por una condición médica permanente y una discapacidad que exige prever riesgos, organizar apoyos y reconocer que existen circunstancias que la voluntad no puede modificar. Por eso conozco que la actitud positiva puede ayudar a atravesar determinados momentos, pero no sustituye un tratamiento, no elimina una barrera, no garantiza autonomía ni convierte la incertidumbre en seguridad. También sé que ninguna persona puede permanecer siempre feliz, paciente, serena o agradecida, porque nuestras emociones no funcionan como un programa de rendimiento y porque la vida cambia, irrumpe y altera con frecuencia aquello que creíamos tener bajo control.

Decirlo no es asumir una visión pesimista de la existencia, es mirarla con honestidad y negarse a reducirla a una sucesión de consignas agradables. La tristeza, la rabia, el miedo, la angustia y el cansancio forman parte de la experiencia humana y, en determinados contextos, constituyen respuestas coherentes frente a una pérdida, una amenaza, una injusticia o una situación que ha sobrepasado nuestros recursos. Algo semejante ocurre con el control y la paciencia, porque anticipar circunstancias puede ser una necesidad de supervivencia y esperar puede servir para comprender, pero también puede prolongar una vulneración o postergar una decisión indispensable. La misma conducta adquiere sentidos distintos según la realidad en la que se produce, por eso recomendar que alguien suelte, espere, agradezca o piense positivamente, sin conocer aquello que enfrenta, puede responder más a la comodidad de quien aconseja que a las necesidades de quien busca orientación.

Nadie habita exactamente el cuerpo, la memoria, las pérdidas, los vínculos, las responsabilidades, ni los temores de otra persona. Podemos escuchar su historia y procurar comprenderla, pero siempre existirán dimensiones de su experiencia que permanecerán fuera de nuestro alcance. La invitación a colocarnos en los zapatos ajenos puede ayudarnos a desarrollar empatía, aunque conviene recordar que probablemente nos queden grandes o pequeños, porque fueron hechos para otra talla, han recorrido caminos diferentes y han soportado un peso que conoce únicamente quien los ha llevado. La empatía no consiste en afirmar que sabemos exactamente lo que siente el otro, sino en reconocer que no lo sabemos por completo y, aun así, estamos dispuestos a escucharlo sin imponer nuestra interpretación.

Por eso, quien ejerce el coaching debería partir de una convicción elemental, su experiencia puede servir como referencia, pero jamás como molde. Puede compartir aquello que le funcionó, formular preguntas, ayudar a ordenar pensamientos, reconocer capacidades, advertir patrones y acompañar a la persona a distinguir qué decisiones toma por convicción, cuáles responden al miedo y cuáles obedecen a expectativas ajenas. Lo que no debería hacer es interpretar cada duda como resistencia al cambio, cada pausa como autosabotaje, cada necesidad de cautela como cobardía, ni cada episodio de angustia como falta de fe, porque orientar no significa decidir por otro y sugerir una posibilidad no equivale a presentarla como una verdad incuestionable. También debe reconocer los límites de su intervención y comprender cuándo una situación requiere atención psicológica, médica, jurídica, económica o social especializada, pues ninguna persona debería presentarse como respuesta suficiente para todos los conflictos humanos.

Resulta preocupante, además, la manera en que el bienestar se ha convertido en un producto que primero instala una carencia y después ofrece una solución. Se construye un ideal de vida permanentemente productiva, emocionalmente ordenada, económicamente exitosa y afectivamente estable, luego se presenta a quienes no cumplen con ese estándar como personas que todavía deben trabajar en sí mismas y, finalmente, se les ofrece un curso, una mentoría o un método para corregir aquello que supuestamente les falta. Cuando el resultado prometido no llega, rara vez se cuestiona la fórmula, se responsabiliza a quien no logró ajustarse a ella, indicándole que le faltó disciplina, constancia, gratitud, fe o una mentalidad adecuada.

Este razonamiento termina trasladando toda la responsabilidad de una situación a quien la padece y deja fuera de análisis las condiciones que la producen. Una persona que enfrenta discriminación no necesita que le expliquen únicamente cómo fortalecer su autoestima, también necesita que se reconozcan las estructuras que limitan sus oportunidades. Quien atraviesa una enfermedad no requiere que cada dolor sea convertido en una enseñanza, necesita atención, acompañamiento y la posibilidad de expresar cansancio sin que su agotamiento sea interpretado como derrota. Hay experiencias que generan aprendizaje y otras que simplemente lastiman, limitan o dejan consecuencias que no tienen que ser embellecidas para que la vida de quien las atravesó adquiera valor.

Por eso, la resiliencia conserva para mí un significado profundamente humano. No la entiendo como la obligación de sonreír mientras todo se complica ni como una invitación a agradecer aquello que nos ha herido, la comprendo como la capacidad de reorganizarnos dentro de condiciones que muchas veces no elegimos, utilizando los recursos disponibles, modificando lo que puede transformarse y construyendo formas propias de responder ante aquello que permanece. Ser resiliente puede significar insistir, pero también detenerse, cambiar de estrategia, pedir ayuda, protestar, descansar o aceptar que una expectativa dejó de corresponder con nuestras posibilidades actuales. Adaptarse no significa resignarse, en muchas ocasiones constituye una manera inteligente de preservar la identidad, administrar la energía y continuar sin desaparecer dentro de la lucha.

Yo no creo en la felicidad como un estado permanente ni considero que una vida valiosa deba estar libre de contradicciones, dudas o momentos de agotamiento. Creo en los instantes de alegría, en los vínculos capaces de sostenernos, en las decisiones que nos devuelven dignidad y en la posibilidad de construir sentido aun cuando las circunstancias no se ordenan como esperábamos. Creo también en el derecho a cuestionarnos, porque la autorreflexión no consiste en repetir afirmaciones complacientes, sino en revisar con honestidad aquello que deseamos, lo que toleramos, las expectativas que seguimos intentando satisfacer y las decisiones que todavía podemos construir desde nuestras propias condiciones. Nadie tiene la fórmula para vivir la vida de otro, por eso acompañar exige escuchar, formular preguntas honestas y permanecer cerca, sin pretender escoger por esa persona el destino ni la manera de alcanzarlo.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada / Máster en Administración Pública / Activista

Columnista www.vibramanabi.com

6/7/2026

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