Offline
La herida de pertenencia
Por: María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle
Publicado en 07/03/2026 21:28
María Cristina Kronfle

Me interesa la psicología desde hace muchos años, no como un campo meramente teórico ni como una disciplina destinada a clasificar comportamientos humanos, sino como una herramienta de observación que permite comprender cómo se construyen las relaciones entre las personas y de qué manera determinadas conductas, incluso aquellas que parecen pequeñas o cotidianas, pueden producir efectos emocionales profundos en quienes las reciben. Ese interés se vuelve especialmente relevante cuando el daño no proviene de una agresión abierta, sino de dinámicas relacionales más silenciosas, de omisiones, desplazamientos afectivos o decisiones aparentemente menores que, con el tiempo, terminan definiendo la posición emocional que alguien ocupa dentro de un grupo. En ese tipo de contextos, lo verdaderamente importante no suele ser el hecho aislado, sino la estructura relacional que ese hecho revela.

La familia es uno de los espacios donde estas dinámicas adquieren mayor complejidad. Culturalmente se la presenta como el primer lugar de protección del ser humano; sin embargo, cuando se la observa con cierta distancia analítica aparece más bien como un sistema relacional en permanente reorganización, atravesado por jerarquías implícitas, proximidades emocionales y narrativas compartidas que influyen en la manera en que cada integrante es percibido dentro del conjunto. Esas posiciones rara vez se determinan de forma explícita; por lo general se configuran a través de prácticas cotidianas que parecen insignificantes, como quién participa de determinadas conversaciones, quién es incluido en ciertas decisiones o quién se entera de acontecimientos relevantes cuando estos ya forman parte de una conversación que otros sostienen entre sí. Con el tiempo, esas pequeñas decisiones relacionales terminan delimitando quién es considerado parte del núcleo del grupo y quién queda situado en posiciones más distantes dentro de la estructura familiar.

Dentro de ese entramado aparece una experiencia que rara vez se analiza con claridad, la herida de pertenencia. La pertenencia no se reduce al hecho de compartir un apellido o un vínculo biológico; desde la psicología relacional implica la experiencia subjetiva de ser reconocido como parte del círculo afectivo del grupo. Cuando ese reconocimiento comienza a percibirse como selectivo o desigual, deja de tratarse de un episodio aislado para convertirse en un indicio de que dentro del sistema familiar se han configurado posiciones diferenciadas que influyen en la manera en que cada persona es escuchada, considerada o integrada en la vida común. En términos simples, la pertenencia no se define únicamente por el vínculo formal, sino por la distribución efectiva del reconocimiento dentro del sistema.

Diversos enfoques de las ciencias sociales convergen en esta observación. La teoría de los sistemas familiares de Murray Bowen describe a la familia como un sistema emocional interdependiente en el que cada movimiento relacional produce efectos en los demás miembros; la sociología de la familia ha mostrado que la circulación de la información dentro de los grupos domésticos establece jerarquías relacionales que delimitan grados de cercanía y confianza; y el psicoanálisis, particularmente en los aportes de Donald Winnicott, subraya que una de las experiencias fundamentales para el desarrollo emocional de una persona consiste en sentirse vista y reconocida dentro de su entorno afectivo. En conjunto, estas perspectivas permiten comprender que la pertenencia dentro de una familia no depende únicamente del vínculo que une a sus miembros, sino de la manera en que el sistema distribuye atención, reconocimiento y participación dentro de la vida cotidiana.

Uno de los mecanismos más claros a través de los cuales se expresa esta organización interna es la circulación de la información. En las familias, lo que se comparte, lo que se omite y el momento en que se comunican ciertos acontecimientos también funcionan como indicadores de proximidad emocional. Cuando determinados hechos relevantes circulan solo entre algunos integrantes del grupo, no se transmite únicamente una noticia; también se establece una señal relacional que define quién es considerado parte del núcleo afectivo y quién queda situado en posiciones más periféricas dentro de la estructura familiar. Cuando una persona percibe ese trato desigual y expresa la incomodidad que le produce, no es extraño que el sistema reaccione de forma defensiva. Desde la psicología sistémica esto se explica a partir del principio de homeostasis familiar, según el cual los sistemas humanos tienden a preservar su equilibrio interno incluso cuando ese equilibrio no resulta saludable para todos sus integrantes; en ese contexto, cualquier cuestionamiento puede interpretarse como una amenaza al orden existente y provocar respuestas destinadas a restablecer la estabilidad previa sin revisar necesariamente las causas del malestar. Las tensiones se intensifican aún más cuando aparece una contradicción entre lo que se afirma y lo que las relaciones evidencian, fenómeno que Gregory Bateson describió como comunicación paradójica.

Cuando estas dinámicas se repiten —circulación selectiva de información, reacciones defensivas frente al cuestionamiento y distribución desigual del reconocimiento— el resultado suele manifestarse en forma de resentimiento. Sin embargo, el resentimiento no siempre constituye simplemente una expresión de hostilidad; con frecuencia indica que la necesidad de reconocimiento permanece activa y que el vínculo continúa teniendo valor emocional, aunque dentro de él se perciba una distribución desigual de consideración o pertenencia. Las relaciones familiares, a diferencia de otros vínculos sociales, no se organizan únicamente en torno a decisiones conscientes, sino también alrededor de expectativas, lealtades y relatos compartidos que influyen en la manera en que cada persona comprende su lugar dentro del sistema. Por esa razón los conflictos familiares rara vez pueden interpretarse como simples desacuerdos circunstanciales; con frecuencia expresan una tensión más profunda entre el lugar que una persona ocupa dentro de la estructura relacional del grupo y el lugar que siente que debería ocupar dentro de él. Comprender estas dinámicas no elimina el malestar que pueden producir, pero sí permite observar con mayor precisión cómo ciertas conductas, incluso las más cotidianas, pueden convertirse en mecanismos silenciosos de exclusión cuando quienes participan en ellas no advierten, o prefieren no advertir, el impacto emocional que generan en los demás.

María Cristina Kronfle Gómez - @mckronfle

Abogada / Activista / Máster en Administración Pública

Columnista www.vibramanabi.com

7/3/2026

Comentarios
¡Comentario enviado exitosamente!

Chat Online