
La lealtad se aprende primero en casa. Se parece a esos valores que nuestros padres intentaban enseñarnos cuando éramos niños: cumplir la palabra, cuidar al hermano, aunque no estuviera mirando, respetar la mesa familiar y saber que no se puede hablar de una forma dentro de la casa y actuar completamente distinto al cruzar la puerta. Ser leal no significa obedecer ciegamente, tampoco justificar lo incorrecto; significa tener principios, saber dónde estamos parados y sostener con hechos aquello que decimos defender. Porque cualquiera puede pronunciar un “cuente conmigo”; lo difícil es mantenerlo cuando aparecen la conveniencia, el interés o una oferta que pone a prueba el carácter.
Y no, tampoco es correcto repetir tan ligeramente que “por dinero uno debe aceptar cualquier trabajo”. Todo trabajo honesto merece respeto y todos necesitamos generar ingresos, eso nadie lo discute. Pero el dinero no puede convertirse en la excusa universal para actuar en contra de lo que ayer jurábamos defender, imposible que hoy estén en esta cuadra y luego avancen de la noche a la mañana a dos cuadras más adelante. La propia Constitución, en su artículo 83, numeral 12, habla de ejercer la profesión u oficio con sujeción a la ética. Por eso debemos diferenciar entre trabajar dignamente y vender la coherencia al mejor postor. Hay cosas que tienen precio y otras que deberían conservar valor: la palabra, los principios y la confianza que alguien depositó en nosotros.
Ya cansa escuchar frases como “miren a los bailarines” y, acto seguido, recibir la captura del comentario, la captura de la foto en redes sociales, la captura del chat de WhatsApp, la captura del perfil, el corazón que puso aquí o el “me gusta” que dejó allá. Hemos llegado al punto en que para algunos una captura de pantalla, convertida en evidencia alcahueta de conveniencias y chismes, parece valer más que la palabra y los valores que cada persona debería tener bien puestos. ¿De verdad necesitamos vigilar cada reacción digital para descubrir quién es quién? Tal vez el problema no sea el corazón ni el “me gusta”; quizá el verdadero problema sea decirle a cada grupo exactamente lo que quiere escuchar y después sorprenderse cuando las contradicciones quedan expuestas.
Debemos tener claro algo. La democracia no exige romper familias, amistades ni relaciones por una posición política. Pero una amistad tampoco debería servir de paraguas para justificar la falta de definición personal. Dar un discurso aquí, prometer apoyo allá, tomarse la foto con todos y después acomodar la explicación dependiendo de quién pregunte no es pluralidad: es conveniencia. El artículo 83, numeral 17, de la Constitución habla de participar en la vida política, cívica y comunitaria de manera honesta y transparente. La ley no obliga a ser leal a una persona o proyecto político; pero la ética ciudadana sí nos invita a ser coherentes con nuestra propia palabra.
Naranjal necesita gente que defina qué quiere para su cantón. No podemos seguir siendo tibios por miedo a perder una ayuda, una oportunidad o el favor momentáneo de alguien encubierto como dádiva. La Constitución también señala, en el artículo 83, numeral 7, la responsabilidad de promover el bien común y anteponer el interés general al particular. Entonces, cuando hablamos de política y futuro, la pregunta debería ser más grande que “¿qué me van a dar a mí?”. Debería ser: “¿qué considero correcto para Naranjal?”. La lealtad verdadera no tiene precio, no tiene tarifa, no se compra con una cancha, un contrato, una foto, una pauta ni una promesa. Y vale la pena ser leal, por encima de todo, primero a los propios principios y después a las causas que libremente decidimos defender.
También conocemos esas frases: “yo lo apoyo de frente, pero si me ve en una foto considere tal cosa”; “mi voto es con usted, pero entienda que si no voy a las convocatorias no me ayudan con mi negocio”; “yo estoy firme, pero necesito que me pongan la canchita en el barrio”; “cuente conmigo, aunque debo cuidar quién me ayuda con la documentación de mi actividad educativa”. No. Ya es momento de hablar claro. El apoyo que nace del miedo a perder un beneficio no es convicción, y la ayuda pública jamás debería depender de aplaudir, asistir o respaldar políticamente a alguien. La lealtad no es estar con todos para caerle bien a todos; es poder mirarse al espejo y saber que la palabra de hoy no contradice descaradamente la de ayer. Y lo siento mucho, pero al que le quede el guante, que se lo chante.

Érika Vaca Rodríguez
Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing
Columnista www.vibramanabi.com
8/7/2026