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El dolor nos recuerda que todos somos iguales
Por: Érika Vaca Rodríguez
Publicado en 10/07/2026 08:19 • Actualizado 10/07/2026 09:13
COLUMNA DE OPINIÓN: PENSÁNDOLO BIEN / ÉRIKA VACA RODRÍGUEZ

Hay noticias que uno cuenta y hay otras que, simplemente, se quedan viviendo dentro de uno. Después de recorrer los lugares donde eran despedidos Joffre Yilmar Chang Vélez, Santa Leonor Gámez Bone, Benedicta Fermina Díaz Cedeño, Julio Demetrio Salazar Arregui y Wladimir Fernando Poveda Figueroa, entendimos que esta vez no bastaba con sostener un micrófono y preguntar qué había ocurrido. Había que guardar silencio, mirar, escuchar y acompañar. En cada lugar encontramos una historia distinta, una familia diferente, una forma muy personal de vivir la ausencia; pero había algo que era exactamente igual en todos: el dolor de saber que alguien salió de casa y ya no volvió. Porque cuando se pierde a un ser querido no importa cómo es nuestra casa, cuánto tenemos o cuánto nos falta; la silla vacía pesa igual en cualquier mesa.

Y quizá por eso este recorrido también nos dejó pensando en aquellas diferencias que muchas veces la vida nos enseña a mirar como normales. Cada familia despide de acuerdo con sus posibilidades, con sus costumbres y con las manos que aparecen para ayudar en el momento más difícil. No se trata de comparar un adiós con otro ni de medir el sufrimiento, porque sería injusto hacerlo. Se trata de preguntarnos, con mucha humanidad, por qué en los momentos más dolorosos todavía hay familias que además de llorar deben preocuparse por todo lo que implica despedir dignamente a quien aman. El artículo 11, numeral 2, de la Constitución de la República del Ecuador nos recuerda que todas las personas somos iguales y gozamos de los mismos derechos; y el artículo 66 reconoce el derecho a la igualdad formal y material. Pero a veces la vida nos obliga a preguntarnos cuánto de esa igualdad realmente logramos sentir cuando llega una enfermedad, una tragedia o una despedida.

Hay otro detalle que no podemos sacar de esta historia: según la información recabada, varios de ellos regresaban después de cumplir sus tratamientos de diálisis en Guayaquil. Pensemos en algo tan sencillo como lo que hacemos dentro de nuestra propia familia. Cuando un padre, una madre o un hijo se enferma, todos intentamos que el cuidado esté lo más cerca posible; acercamos una silla, llevamos un vaso de agua, buscamos la medicina y tratamos de evitarle esfuerzos. Por eso duele imaginar a pacientes que deben convertir el viaje en parte de su rutina médica. El artículo 32 de la Constitución reconoce la salud como un derecho y establece que su acceso debe ser permanente, oportuno y sin exclusión. Entonces, sin buscar culpables apresuradamente y respetando las investigaciones del siniestro, sí podemos hacernos una pregunta profundamente ciudadana: ¿estamos acercando suficientemente la atención especializada a quienes más la necesitan?

Nosotros recorrimos cada lugar y volvimos con algo más que imágenes para un reportaje. Volvimos con historias. Con hijos hablando de sus padres, con familiares recordando una última conversación, con personas intentando mantenerse fuertes mientras por dentro seguramente todo se les venía abajo. Y detrás de las leyes, las estadísticas y los informes oficiales, señoras y señores, siempre debe existir humanidad. La Constitución puede hablarnos de igualdad, de salud y de dignidad, pero esos derechos cobran verdadero sentido cuando una familia siente que no está sola. El artículo 35 incluso reconoce atención prioritaria para personas con enfermedades de alta complejidad y para quienes se encuentran en condiciones de vulnerabilidad. Tal vez como sociedad debemos aprender que ayudar no es únicamente aparecer después de la tragedia; también es preguntarnos qué podemos hacer antes para que la vida sea un poco menos difícil para quienes ya cargan diariamente con una enfermedad.

Hoy Naranjal despide a cinco de los suyos. Cinco nombres, cinco historias y cinco familias que aprenderán, poco a poco, a convivir con una ausencia. Nosotros solo podemos agradecerles por abrirnos las puertas en medio de su dolor y permitirnos comprender que esta tragedia no debe quedarse únicamente en una noticia. Porque al final, frente a una despedida, todos somos humanos: una madre llorando a su hijo, un hijo extrañando a su padre, una esposa buscando fuerzas o un hermano recordando momentos que ya no volverán. La muerte no pregunta cuánto tenemos; entonces quizá la vida tampoco debería hacernos sentir tan diferentes cuando necesitamos atención, acompañamiento y dignidad. Y queda una pregunta que no busca señalar, sino hacernos pensar como país: ¿qué nos falta todavía para que la igualdad que escribimos en nuestras leyes también pueda sentirse en los momentos más difíciles de una familia ecuatoriana?

Érika Vaca Rodríguez

Relacionista Pública - Máster en Inbound Marketing

Columnista www.vibramanabi.com

10/7/2026

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